El experimiento Venezuela y las lecciones para una Sudamérica inédita
Ingresar hoy a cualquier espacio dedicado a la política internacional equivale, en muchos casos, a un viaje reiterado hacia Estados Unidos y la figura de Donald Trump. No porque el rol norteamericano en el sistema internacional haya sido históricamente marginal, sino porque, ante esta coyuntura, la política exterior se ha transformado en una puesta en escena: conflictos militarizados, operaciones presentadas como “quirúrgicas”, guerras convertidas en espectáculo y un liderazgo performativo que encuentra en Trump a su principal showrunner.
En ese marco, la remoción de Nicolás Maduro como presidente en funciones de Venezuela ha sido presentada por algunos sectores como un punto de inflexión. Desde el punto de vista jurídico y político, se trató de un acto ilegal e ilegítimo, en abierta violación del derecho internacional y de principios básicos como la soberanía, la integridad territorial y la inmunidad de los jefes de Estado. Nada de esto resulta menor ni puede ser relativizado.
Sin embargo, a una semana de los acontecimientos y del reordenamiento inicial de actores y dinámicas, el caso invita a una lectura adicional: más que un episodio aislado, puede pensarse como un experimento. No como uno completamente novedoso en términos históricos (la intervención de una potencia en la región no lo es), pero sí diferente de los patrones conocidos en América Latina y en el sistema internacional reciente.
No estamos ante fenómenos desconocidos, como la violación del derecho internacional o la injerencia norteamericana en la región. La novedad reside en otros elementos: el bombardeo directo sobre un país sudamericano, el intento de redefinir explícitamente el área como zona de influencia y la posibilidad de avanzar hacia una forma de tutela externa que recuerda más a un protectorado que a los esquemas clásicos de intervención.
Panamá, Irak, Libia y Estados Unidos
Los antecedentes ayudan a dimensionar el carácter singular del caso venezolano. En Panamá, en 1989, Estados Unidos respondió a la anulación electoral perpetrada por Manuel Noriega con una invasión a gran escala. Con más de 27.000 efectivos en el terreno, logró capturar al dictador, trasladarlo y reinstalar al presidente legítimamente electo, Guillermo Endara.
En Irak, la estrategia fue más radical: la invasión implicó el desmantelamiento completo del aparato estatal construido bajo Saddam Hussein y la instalación de una autoridad provisional encabezada por Paul Bremer. El resultado fue un prolongado ciclo de insurgencia, violencia sectaria y fragmentación institucional que condicionó hacia la retirada norteamericana.
Libia, en 2011, representó una variante distinta. La intervención aérea que precipitó la caída de Muamar Gaddafi no dio paso a la estabilidad prometida, sino a una guerra civil persistente y a la disolución práctica de la noción de Estado hasta entonces conocida.
Venezuela como experimento político-estratégico
Venezuela parece apartarse de esos modelos. Más allá de la ilegitimidad de la intervención, Estados Unidos no ha intentado reinstalar a Edmundo González (quien había resultado vencedor en las elecciones de 2024) ni desmantelar el Estado venezolano. Tampoco busca fracturar a las Fuerzas Armadas, entendidas aún como un factor de cohesión nacional, ni mantener una presencia militar permanente en el territorio. Del mismo modo, procura evitar un escalamiento incontrolable del conflicto interno entre oficialismo y oposición.
Este diseño plantea interrogantes centrales. ¿Por qué Washington tolera, al menos por ahora, la continuidad de figuras como Delcy Rodríguez, sancionada desde 2018 y con vínculos estrechos con Rusia y China? ¿Se trata de una forma de tutela indirecta? ¿De un pacto de estabilidad mínima que evite un colapso regional o efectos dominó, particularmente en Colombia?
La escena sugiere un juego de múltiples tableros: algunos visibles, otros opacos, atravesados por negociaciones paralelas y disputas geopolíticas que exceden largamente a Venezuela.
MAGA, “America First” y el retorno del uso de la fuerza
Estas decisiones también reflejan tensiones dentro del propio trumpismo. El eslogan “America First” no implica, para Trump, aislacionismo. Autoriza la acción agresiva cuando responde a intereses estratégicos percibidos como propios. Su aparente cinismo, lejos de debilitarlo, funciona como escudo frente a las acusaciones de incoherencia.
El vicepresidente J.D. Vance expresa al núcleo duro del movimiento MAGA, reacio a las “guerras eternas” y enfocado en la recomposición económica interna y en la competencia estratégica con China. En contraste, figuras como Marco Rubio encarnan una tradición neoconservadora que concibe a América Latina como un espacio privilegiado para la proyección de poder, con Venezuela como pieza clave para debilitar a Cuba y reordenar el tablero energético y diplomático del Caribe.
A este entramado se suma el Secretario de Guerra, Pete Hegseth, cuya impronta introduce un giro adicional. Hegseth combina una visión militarizada de la política exterior con una narrativa civilizatoria que legitima el uso de la fuerza como mecanismo de restauración del orden. Su rol resulta central para comprender por qué el empleo directo de la coerción en Sudamérica deja de ser un tabú estratégico, aun sin ocupación prolongada.
Completa este cuadro Stephen Miller, figura clave que opera en las sombras, articulador de la política migratoria, la presión sobre Venezuela y una concepción ampliada de los intereses norteamericanos en el hemisferio, llegando incluso a Groenlandía en su ambición.
Sudamérica ante una situación inédita
Estados Unidos hoy opera en un escenario muy distinto al de comienzos del siglo XXI: cuenta con gobiernos abiertamente alineados, no ya de centroderecha, sino de derecha dura, que convergen con el proyecto de una “internacional reaccionaria”. Argentina, Paraguay, Panamá y El Salvador ilustran esta tendencia, que acompañan tantos otros.
Al momento en que haya las elecciones de mitad de término en Estados Unidos, no es descabellado pensar una Sudamérica totalmente alineada con Washington. Este octubre, la elección presidencial en Brasil y previo a ello, la colombiana, serán la elección más importante del 2026. En el caso de Brasil, no solo se define su propio rumbo, sino el equilibrio estratégico de toda Sudamérica.
Frente a este escenario, resulta indispensable recuperar una iniciativa regional propia. Desde Sudamérica y hacia Venezuela debería impulsarse un nuevo simil Grupo Contadora, ya no como una evocación nostálgica de los años ochenta, sino como un mecanismo actualizado de concertación política orientado a la mediación, la desescalada y la defensa activa de la región como zona de paz.
Un esquema de este tipo permitiría involucrarse en una salida negociada para Venezuela, limitar la lógica de hechos consumados impuesta desde fuera y reconstruir una voz sudamericana capaz de dialogar con Washington, pero también con otros actores globales. No se trata de una postura ideológica, sino de un ejercicio de responsabilidad estratégica.
Daniel Maffey
Analista Internacional



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